26.6.12

Decíamos ayer - Exposición



La materia ligera.
José María Carmona Domínguez


Es difícil condensar en poco espacio la cantidad de sugerencias que despierta la obra de Pepe Yáñez. Esto no es una excusa, es la advertencia de alguien que mira esta colección con los ojos de un amigo y es cómplice de su vida, al menos los últimos años. Por eso, esta es una opinión subjetiva y sincera, alejada del interés de críticos y académicos, de modo que será otro quien determine: si Pepe Yáñez es abstracto, figurativo, informalista, simbolista, realista mágico o surrealista, o si le da al pop o a la transvanguardia; otro quien desvele si está en lucha con la materia, las texturas y las mixturas y los grosores, o si la cotidianidad, inmanencia o trascendencia de algunos objetos de sus cuadros delatan sus obsesiones; o si hay una explicación para su paradójica y natural tendencia a expandirse en los espacios limitados impuestos por los soportes, que, en algunos casos, además, él mismo acota; o su sorprendente versatilidad técnica y la alegría y agilidad con que resuelve estas cuestiones, el dibujo y los colores; otro, en fin, quien adivine la siempre casi obligada erudita lista de influencias con nombres y apellidos “para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del abecé, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo y Zeuxis”... ¿qué más da?, solo pretendo escribir unas breves observaciones sobre lo que a mi me sugiere la obra de Pepe Yáñez, y pedirles que miren y lean, porque la obra de Pepe Yáñez es plástica y literaria, no sé en qué proporción, por si, a lo mejor, alguien coincide conmigo en que:





Uno. Los objetos, las figuras, las cosas, vistos de uno en uno o en colección, son elementos surreales que lindan con la realidad por una leve, tenue línea difícil de discernir, un gato, copas sillas, zapatos alados, herramientas, perfiles planos…, y útiles para medir, y un ojo, un inquietante ojo; con ellos construye palíndromos, y hace un guiño a la infancia aparentemente maravillosa, libre, sin normas, todavía no contaminada por las reglas de la utilidad; y cuando los reescribe en palimpsestos, formula un juego irónico, inteligente e imaginativo, y con todos inventa un catálogo de formas de una realidad posible, de símbolos que flotan en mapas libres del corsé de las coordenadas; un vocabulario propio, esencial y diáfano, una enumeración literaria, una letanía alimentada con el humor que sugiere una interpretación diferente del sentido superficial de los propios objetos y desprende una misteriosa alegría contagiosa, como los maravillosos goces de la amistad, y mucha literatura.





Dos. Hay paisajes, espacios que son una geografía, acotados en el lienzo por un marco ficticio, como un surco evocador del limes fundacional de la ciudad eterna trazado con un arado, como si quisiera fijar a la memoria el recuerdo de un viaje; hay paisajes construidos con sinuosos e impacientes trazos, como de galaxias, entre las que apenas se adivinan siluetas, formas, edificios:
San Sebastián, Praga,… Lisboa, ciudad de geometría esquiva, colinas, quebradas, ondulaciones…, y, aunque, de ella “hasta los daltónicos discuten sobre su color”, Pepe Yáñez resuelve la discusión en rosa, a pesar del ocre pombaliano o la nostalgia blanca de la espuma del océano más propios de la ciudad; hay paisajes, espacios con un noray recurrente, que hace presentir el mar, la densidad del agua, su luminosidad, su sabor, y no sé si una escondida vocación marinera.






Tres. Una cándida frescura juvenil cargada de experiencia e inteligencia alimenta su inquietud artística y técnica; hay algo de paradoja en su obra, la minuciosa elaboración intelectual y profesional, herencia de su génesis de restaurador de antiguas piedras, contrasta con su sorprendente capacidad de intuición: “Para escribir –decía Montesquieu, en el caso de nuestro autor, podría decirse, para pintar– es necesario eliminar las ideas intermedias”; y siempre con el sustrato literario como motor de su imaginación: la poesía en la vida turgente de la vorágine de El barco borracho, la pasión en las ilustraciones de las Crónicas flamencas de Jerez de la Frontera…; en fin, la literatura, como Decíamos ayer.








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