11.11.12

Nebed. Capítulo dos (4ª entrega)

         Pequeño bestiario de envidias y maledicencias (detalle Acrílico y óleo sobre lienzo. Pepe Yáñez 

 
(Viene de Nebed. Capítulo 3/2
 

(...) Retomamos la gira con cierto atropello, y de no ser por su velocidad de crucero aquella mujer hubiera podido sentir tres alientos en su nuca: no cabía duda que aquellos tres se habrían apuntado sin agua a la excursión a Londres tras sus pasos  con la que yo había fantaseado minutos antes.
-The Cube es en la práctica una multinacional de la cultura con sede social en Londres y sucursales en ocho países de los cinco continentes –se arrancó la inglesa inopinadamente en español.  
  -Sus áreas de actividad –continuó.- comprenden la edición,  la museología y la gestión de archivos históricos. Aunque la principal fuente de facturación de su división editorial se nutre de la publicación de todo tipo de libros, y funciona autónomamente adaptando sus títulos a los mercados  de cada una de sus sucursales, la seña de identidad de The Cube en ese terreno son los facsímiles de libros antiguos. Muchos de ellos provienen de los fondos de nuestros propios museos, aunque recibimos préstamos y encargos de colecciones públicas y privadas de todo el mundo.
Aunque en un principio pensé que aquella suerte de exhibicionista rubia  había decidido amenizarnos el paseo con una demostración de sus dotes de cicerone,  pronto comenzó a interesarme su discurso. Además, la seguridad con la que se expresaba fulminó su primera imagen de mujer florero.
-Tengo entendido –intervine, tratando de encauzar el monólogo en algo parecido a una conversación.- que el grupo posee una de las más importantes colecciones medievales de Europa.
Durante unos segundos, un rictus de cólera se apoderó del rostro de Vincenzo, pero la efusividad con la que Rose  respondió a mi comentario devolvió sus facciones a su habitual  mueca de condescendencia pasiva.
-¡Efectivamente mister Alcolea! –dijo apuntándome con su carpeta plegada en tubo, como una maestra satisfecha hubiera hecho con su puntero.
-The Cube Pumping Corporation -continuó.- custodia la mayor colección de códices que existe en la actualidad. No en vano alberga en cuatro de sus sedes, entre las que se incluye esta, los más importantes museos bibliófilos del mundo. No poseemos obviamente todos los originales que se conservan, pero gracias a la especialización del grupo en la edición de facsímiles podemos asegurar que no existe ningún libro medieval que haya sobrevivido al paso del tiempo que no pueda ser consultado o admirado en las instalaciones del grupo.
Discurrí que el empleo continuado del posesivo por parte de esa mujer obedecía al proverbial espíritu corporativo que los anglosajones saben transmitir como nadie a sus empleados. En cualquier caso, resultaba curioso escuchar a aquella cada vez más interesante recepcionista hablar de los libros más valiosos del mundo como si estuviera acostumbrada a leerlos en la bañera.
-He oído decir –comentó Matías lanzándose al ruedo.- que las reproducciones que salen de los talleres de edición de El Cubo son de una calidad inigualable.
-That’s right señor Sorel – confirmó Rose acelerando el paso.- la exposición itinerante de facsímiles de códices medievales de The Cube reúne reproducciones prácticamente perfectas. Lógicamente, el análisis de un ojo bien entrenado sabría encontrar las diferencias respecto a un original. Pero le aseguro que incluso en ese caso un experto que no estuviera previamente advertido tendría en todo momento la seguridad de estar pasando páginas iluminadas hace mil quinientos años.  La muestra, de la que sin duda tienen referencias, fue inaugurada en París hace tres años, ha recorrido quince ciudades y tiene fechas programadas a dos años vista.
Vincenzo se volvió hacia nosotros alzando las cejas. Conociéndolo, sabía que en aquel momento se sentía prácticamente copropietario de aquel tesoro bibliográfico. Hizo ademán de intervenir en la conversación, pero los pocos segundos que empleó en allanarse la corbata fueron suficientes para que Rose desapareciera de nuevo, esta vez  tras la mampara del departamento de Archivística.
-Sorry, just a minute! –dijo antes de perderse en un maremágnum de  equipos informáticos, alzando su carpeta como si exhibiera un pedazo de carne en una perrera.



-¿No os lo dije? –dijo Vincenzo, llevándonos en corrillo hacia el mirador de la galería.
A pesar de su forzada tranquilidad, advertí en él los síntomas de una nerviosa congestión.
-Os dije que os traía a un empresón –añadió con expresión de triunfo mesiánico.
Observé la mirada que le dirigía Ramón y temí lo peor.
-¡Joder Antonio! – dijo Ramón, agitando las sílabas con su característico temblor de labios al hablar.- Es mucho más de lo que esperábamos. ¡Al menos por mi parte!
Ramón advirtió mi sonrisa e instintivamente bajó los ojos. La suya podría haber sido una frase cortés en cualquiera, pero incluso él mismo sabía que en su caso se debía a un reflejo de pelota compulsivo.
-Bien, bien… ¡ese es el espíritu! -respondió Vincenzo palmeando su espalda sin mucha emoción. La adhesión de Ramón al jefe le venía de fábrica.
-¿Qué piensas tú, Matías? –Interrogó de nuevo, esperando una nueva ración de confeti.
-Bien, las instalaciones son excepcionales. Estoy deseando ver nuestro equipamiento.
-¡Vais a alucinar! –Respondió Antonio mordiendo presa.- ¡Lo último en tecnología!  Procesadores de texto de última generación, software para lenguas clásicas, traductores en red interna… ¡Vamos a currar  en un Ovni!
Sabía que Antonio había improvisado con aquella tontería de la traducción en red interna, pero el ambiente ya estaba bastante cargado y me limité a divagar mentalmente pensando que, trabajando en un Ovni, me conformaría con que no me disecaran los marcianos.
-¡Ufff...!  -exclamó Ramón.-  ¡Increíble Antonio!  ¡Software de clásicas!
Me miró tras sus palabras y se tapó discretamente la boca, como si  intentara disimular una incontrolable aerofagia. ¿Para que querría aquel majadero un cacharro que interpretara clásicas? Ramón es un excelente traductor de francés, pero el libro más antiguo que ha pasado por sus manos se editó cuando ya usaba after shave.
Meneé la cabeza e hice un comentario trivial sobre los centros comerciales que estropeaban las vistas de las verdes colinas. Confiaba en el regreso inminente de Rose, que me libraría de mi inevitable turno en el interrogatorio de Vincenzo, pero al parecer nuestra diosa sajona estaba verdaderamente ocupada repartiendo sus papelitos.
-¿Y tu qué? –escuché irremediablemente-. ¿Supongo que no encontrarás nada a mano en tu repertorio de quejas?
Su tono de voz volvió a cabrearme, de manera que le devolví  la bola con un revés en la esquina que menos esperaba.
-Bien –respondí aceptando el envite-. Creo que trabajaremos en una empresa en la que no nos faltará la publicidad. ¿Supongo que os enterasteis del escándalo de la exposición de códices de El Cubo en París? – solté con la exquisita inflexión de un embajador declarando una guerra.
La bola entró. Vincenzo se dio la vuelta y recorrió varios metros por el pasillo con los brazos abiertos como un crucificado.
-¡Increíble! ¡Es absolutamente increíble! ¿Pero a que coño viene eso? –explotó alzando la voz.
No fue noticia de primera plana, pero cualquiera del gremio la siguió en su día en los periódicos. En la exposición de facsímiles medievales de París, la primera de una larga gira mundial, se instaló una urna blindada en la que se exhibían supuestamente diez originales. Alguien detectó que la mitad de ellos eran reproducciones.
-¡Aquello fue un error y todo el mundo lo sabe! – embistió Vincenzo apuntándome con su índice. Por un momento imaginé una bala saliendo de una trampilla oculta en su falange.
-¡Un error subsanado al día siguiente! – espetó.
-¿Subsanado? Se limitaron a retirar las copias, pero no fueron sustituidas por sus supuestos originales. Es probable que ni siquiera existieran…
Vincenzo me fulminó con la mirada mordiéndose el labio inferior. Conocía sus accesos de ira, y sabía que estaba justo en el límite para alcanzar  uno de ellos. Me miró en silencio durante unos segundos, como si lo acabara de acusar del robo del siglo, por más que en la fecha en la que se inauguró aquella exposición  hubiera resultado surrealista imaginar que una pequeña agencia como la nuestra sería absorbida por  la mayor compañía editora del mundo. En aquel preciso instante a mí aún me lo parecía.
Advertí la creciente palidez de Ramón. El sudor que comenzaba a resbalar por su frente delataba su enfermiza alergia a las discusiones. Matías en cambio parecía disfrutar como un devoto de las peleas de gallos.  
-Tíos, no discutáis – terció Ramón en un esfuerzo que yo sabía titánico-. ¡Sois amigos!
Matías lo miró sonriendo con una sola comisura y expelió algo parecido a un silbido.
 Comenzaba a divertirse de verdad.
Vincenzo volvió a apuntarme con su dedo, pero su gesto perdió fuelle cuando la galería se inundó de gente. Debía ser la hora del café, e inmediatamente nos vimos envueltos  en un fluido cauce de empleados que brotaban de las diferentes secciones de la planta, y que a su paso nos observaban curiosamente sin detenerse.
-¡Tú y yo tendremos una larga conversación en cuanto estemos instalados! –concluyó a media voz, sorprendido, como todos nosotros, por aquella repentina irrupción de humanidad en tránsito.
La cafetería no debía de estar muy lejos. En escasos dos minutos nos dirigieron numerosos Good moorning y  Bonjour, varios  Guten tag y Buongiorno, incluso algún que otro Ohayô gozaimasu. Los buenos dias no llegaron a una docena, se veía que la integración no era el fuerte de nuestros compañeros de El Cubo.
Una vez quedamos de nuevo solos se instaló entre nosotros el silencio. Durante el paso de aquella riada humana en tan corto lapso de tiempo me había sentido como una piedra atrancada en medio de una corriente, y algo parecido debieron experimentar mis compañeros, ya que de los prolegómenos de un combate de carneros habíamos pasado al más absoluto mutismo. Ramón y Matías permanecían milagrosamente en el mismo lugar tras la estampida, el primero observando algo indeterminado en sus zapatos, rascándose el cogote Matías. Vincenzo se había retirado unos metros hasta apoyar su espalda en la cristalera, y  al igual que yo, fisgaba a través de la mampara de Archivística (...) Continuará.


Segundo capítulo de "Nebed", novela. Pepe Yáñez.
Este texto está en internet y es de libre uso no comercial. Por favor, si lo reproduces cita a su autor. 
Octubre de 2012
http://enelbarcoborracho.blogspot.com/

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